El Cementerio de la Recoleta se encuentra ubicado en el distinguido barrio de la Recoleta de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, diseñado por Próspero Catelin.

En 1732 es construída la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, actualmente Monumento Histórico Nacional.

Cuando la orden fue disuelta en 1822, la huerta del convento fue convertida en el primer cementerio público de la Ciudad de Buenos Aires. Los responsables de su creación fueron el entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires Martín Rodríguez y su ministro de Gobierno, Bernardino Rivadavia.

Durante la década de 1870, como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla que asoló la ciudad, muchos porteños de clase alta abandonaron los barrios de San Telmo y Montserrat y se mudaron a la parte norte de la ciudad, a Recoleta.
Al convertirse en barrio de clase alta, el cementerio se convirtió en el último reposo de las familias de mayor prestigio y poder de Buenos Aires.

Desde aquella época, el cementerio fue el preferido de la elite porteña, y, tras un largo período de abandono, el primer intendente de la ciudad, Torcuato de Alvear, ordenó su remodelación, a cargo del arquitecto Buschiazzo. Se pavimentaron sus callecitas, se rodeó con un muro de ladrillos y se embelleció con un pórtico de entrada con doble hilera de columnas.

En el ingreso al cementerio hay tres fechas grabadas sobre el piso: 1822 (año de su creación), 1881 (fecha de su primera remodelación) y 2003 (tercera remodelación).

El predio tiene 4780 bóvedas, 80 de las cuales fueron declaradas Monumento Histórico Nacional. El cementerio alberga varios mausoleos de mármol, decorados con estatuas, en una amplia variedad de estilos arquitectónicos.

Se halla organizado en manzanas, con amplias avenidas arboladas que dan a callejones laterales donde se alinean los mausoleos y bóvedas. Existe una amplia rotonda central de donde parten las avenidas principales, con una escultura de Cristo realizada por el escultor Pedro Zonza Briano, en 1914.

Entre algunas de las personalidades sepultadas figuran 25 presidentes constitucionales, cuatro máximos gobernantes de facto, 200 héroes de la Independencia y 100 gobernadores provinciales.

Lo cierto es que aquí historias de pasión, de amores no correspondidos y despechados; de odios que trascienden la muerte; hechos verídicos conviven con leyendas alucinantes y fantasmas.

 

El mausoleo de Tiburcia Domínguez y su marido, Salvador María del Carril, uno de los promotores del fusilamiento de Dorrego, gobernador de San Juan y compañero de fórmula del General Urquiza, es una evocación para la posteridad de sus desavenencias conyugales. El suyo fue un matrimonio silencioso: no se dirigieron la palabra durante 30 años. No era indiferencia, sino odio, de ese tan pertinaz que, incluso, trasciende la muerte. Y para que ninguno de los dos lo olvidara, la viuda dejó constancia testamentaria de su voluntad: sus esculturas debían darse mutuamente la espalda. Ella, con gesto adusto, incómoda en un busto. El, confortable en un sillón, dirigiendo la mirada en sentido opuesto. Perpetuaron así su odio conyugal pos-morten.

salvador maria del carril

 

El mito, o la historia verídica, habla de que a la única hija del poeta Eugenio Cambaceres, autor de “Sin rumbo”, y de Luisa Bacichi, “amante y madre de un hijo de Hipólito Irigoyen”, la enterraron cuando sufría un ataque de catalepsia. Su madre descubrió el error cuando fue a dejarle flores a su tumba: “Su ataúd estaba corrido y violentado”, cuenta Lazzari. Aunque la leyenda también dice que la vieron fuera de su ataúd, aferrada a un árbol, entre gritos y sollozos. Una versión claramente emparentada con la mitología más fantástica que, sin embargo, continúa deambulando con la fuerza de una leyenda urbana. Es la “dama de blanco” que, desde hace años, recorre el cementerio. No son pocos los que juraron haberla visto. Impoluta y siempre de blanco.

rufina cambaceres